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martes, 1 de diciembre de 2009

Mito de Eco.AYUDA PARA EL SEGUNDO COMENTARIO

Eco era una joven ninfa de los bosques, parlanchina y alegre. Con su
charla incesante entretenía a Hera, esposa de Zeus, y estos eran los
momentos que el padre de los dioses griegos aprovechaba para mantener sus
relaciones extraconyugales. Hera, furiosa cuando supo esto, condenó a Eco
a no poder hablar sino solamente repetir el final de las frases que
escuchara, y ella, avergonzada, abandonó los bosques que solía frecuentar,
recluyéndose en una cueva cercana a un riachuelo. Por su parte, Narciso
era un muchacho precioso, hijo de la ninfa Liríope. Cuando él nació, el
adivino Tiresias predijo que si se veía su imagen en un espejo sería su
perdición, y así su madre evitó siempre espejos y demás objetos en los que
pudiera verse reflejado. Narciso creció así hermosísimo sin ser consciente
de ello, y haciendo caso omiso a las muchachas que ansiaban que se fijara
en ellas. Tal vez porque de alguna manera Narciso se estaba adelantando a
su destino, siempre parecía estar ensimismado en sus propios pensamientos,
como ajeno a cuanto le rodeaba.
Daba largos paseos sumido en sus cavilaciones, y uno de esos paseos le
llevó a las inmediaciones de la cueva donde Eco moraba. Nuestra ninfa le
miró embelesada y quedó prendada de él, pero no reunió el valor suficiente
para acercarse. Narciso encontró agradable la ruta que había seguido ese
día y la repitió muchos más. Eco le esperaba y le seguía en su paseo,
siempre a distancia, temerosa de ser vista, hasta que un día, un ruido que
hizo al pisar una ramita puso a Narciso sobre aviso de su presencia,
descubriéndola cuando en vez de seguir andando tras doblar un recodo en el
camino quedó esperándola. Eco palideció al ser descubierta, y luego
enrojeció cuando Narciso se dirigió a ella.
- ¿Qué haces aquí? ¿Por qué me sigues?
- Aquí... me sigues... -fue lo único que Eco pudo decir, maldita como
estaba, habiendo perdido su voz. Narciso siguió hablando y Eco nunca podía
decir lo que deseaba.
Finalmente, como la ninfa que era acudió a la ayuda de los animales, que
de alguna manera le hicieron entender a Narciso el amor que Eco le
profesaba. Ella le miró expectante, ansiosa... pero su risa helada la
desgarró. Y así, mientras Narciso se reía de ella, de sus pretensiones,
del amor que albergaba en su interior, Eco moría.
Y se retiró a su cueva, donde permaneció quieta, sin moverse, repitiendo
en voz queda, un susurro apenas, las últimas palabras que le había oído...
"qué estúpida... qué estúpida... qué... estu... pida...". Y dicen que allí
se consumió de pena, tan quieta que llegó a convertirse en parte de la
propia piedra de la cueva...
Pero el mal que haces a otros no suele salir gratis... y así, Nemesis,
diosa griega que había presenciado toda la desesperación de Eco, entró en
la vida de Narciso otro día que había vuelto a salir a pasear y le encantó
hasta casi hacerle desfallecer de sed. Narciso recordó entonces el
riachuelo donde una vez había encontrado a Eco, y sediento se encaminó
hacia él. Así, a punto de beber, vio su imagen reflejada en el río. Y como
había predicho Tiresias, esta imagen le perturbó enormemente. Quedó
absolutamente cegado por su propia belleza, en el reflejo.
Y hay quien cuenta que ahí mismo murió de inanición, ocupado eternamente
en su contemplación. Otros dicen que enamorado como quedó de su imagen,
quiso reunirse con ella y murió ahogado tras lanzarse a las aguas. En
cualquier caso, en el lugar de su muerte surgió una nueva flor al que se
le dio su nombre: el Narciso, flor que crece sobre las aguas de los ríos,
reflejándose siempre en ellos.
(Leyenda de la mitología griega)

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